| El
espejo de las dunas.
Por Cristina Rodríguez
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Existe en el desierto
una luz
extraña, una sombra que es más
profundamente hermosa que el mismo
sol. Nadie que la haya visto la
recuerda, pero se penetra ya para
siempre de un temblor de eternidad
que le obliga a un juego de titanes
entre la vida y la muerte, un
espejismo de deseos que le obliga a
buscarse errante y solo ya para
siempre en el desierto... |
Hace ya tanto tiempo, que apenas puedo recordar
cómo llegué aquí. Sin embargo los sueños que recuerdo me traen
imágenes de otro mundo diferente. Cada día escribo para no perderme
en un remolino de memorias ajenas. Es lo único que tengo. Este
cuaderno y estas cajas de bolígrafos cuya procedencia también
desconozco. En uno de los viejos sueños reconocí mi imagen,
un río cruzado por miles de puentes y tal vez una universidad
en la que yo estudiaba. Escribo cada uno de estos sueños como
partes de un puzzle, para reconstruir el rostro de mi propia
identidad. Cada pequeño detalle, color, sombra o bruma está
anotado en este cuadernillo, en cuyas tapas aparece una inscripción
que hasta ahora no me dice absolutamente nada: Diario de viaje
de Pauline Mirage, Rally París-Dakar. No he podido recordar
ningún sueño que me explique el significado de estas palabras
impresas en oro sobre las duras tapas de cuero. Aquí el tiempo
parece no existir. Mi cara no cambia, a pesar de que siento
que llevo siglos aquí. El palacio en el que vivo es transparente
y luminoso como la luz del desierto que lo rodea. A veces creo
estar en el centro de una gota de ámbar, petrificada para la
eternidad.
Los criados que me sirven hablan una lengua
que desconozco y que suena como una melodía. Me visten con hermosas
sedas y perlas delicadas, y velos que me protegen del sol. Con
deleite saboreo los manjares más exquisitos que nadie pueda
imaginar. Las noches de luna llena un impulso me lleva hasta
las dunas y paseo por ellas hasta que sale el sol, buscando
una señal, un resquicio de este mundo perfecto que no puede
matar en mí la añoranza intuitiva del otro. En mis sueños he
visto que mis ropas eran distintas, iguales a las que hay sucias
y llenas de polvo en el fondo de uno de los armarios. En uno
de sus bolsillos encontré un mapa con una ruta marcada, París-Dakar,
pero nadie sabe qué significan esos signos, dónde empieza y
acaba la ruta. Ni siquiera el venerable anciano que sabe mi
lengua y que vive en la torre estudiando el cielo. A menudo
subo allí, y el astrólogo me muestra estrellas tan lejanas que
parecen sólo fruto de nuestra imaginación. Pero no le interesa
la tierra y para él el mapa misterioso es tan sólo la ilustración
de un antiguo manuscrito. Tampoco le interesa la máquina que
encontré enterrada entre las dunas tras una fuerte tormenta
de arena. Una máquina extraña, de otro mundo, un coche de carreras
en mi memoria, pero no sé cómo llegó ni cuál puede ser su utilidad.
Los sirvientes lo arrastraron hasta la muralla y permanece ahí,
como un capricho más de la reina. Encontré en su interior un
reloj que marca unas coordenadas. El astrólogo dice que más
allá del desierto no existe nada más que el olvido o la muerte.
Y me aconseja que olvide de una vez, que deje de andar como
un animal inquieto por el palacio, pues más allá no hay nada.
Pero yo no le creo. No puedo creer que mis sueños mientan, que
sean mentira la pequeña habitación con gatos y los cafés llenos
de gente y los vendedores de libros viejos junto al río.
El hombre al que llamo mi señor y que entiende
de alguna forma mi lengua, aunque no la habla tan bien como
el astrólogo, me pide cada noche que le cuente una historia.
Dicen que la noche que no cumpla con la única ley que pesa sobre
la reina, alguien cortará mi cuello como si fuera una delicada
flor. Por eso cuando me despierto, anoto mis sueños antes de
que se desvanezcan; son el material para los cuentos que placen
a mi señor. El cuadernillo engorda con palabras pero las hojas
no se agotan jamás. No tengo miedo a la ley, al contrario, a
veces siento una tentación peligrosa de no contarle ni un cuento
más, para comprobar si la muerte es posible aquí, y si lo es,
tal vez encontrar así la única forma de huida al otro lado.
Sin embargo los sueños parece que se acumulan y me obligan a
que dé testimonio de esas imágenes lejanas, en las que alguien
me abraza y me felicita por haber sido admitida para la gran
carrera, en la que hay una gran fiesta de celebración la víspera
de la marcha, y estoy de noche dentro de una piscina con amigos
tan ebrios como yo.
Aunque el desierto nunca cambia, me
gusta mirarlo. Mi señor me acompaña a veces y damos paseos en
camello hasta los oasis cercanos. Algunos tienen grandes lagos
rodeados de palmeras, pero hay uno que me gusta especialmente
por el olor de sus flores. Esa fragancia se prende en mi piel
cuando voy allí a nadar al atardecer. La luna desciende sobre
el agua y flota junto a mi pelo. A veces acampamos allí y los
criados levantan tiendas rojas bajo las palmeras. La noche en
el oasis es líquida y está llena de presagios que sólo yo escucho.
Como si en ese oasis de mil flores hermosas acabara la ruta
y empezara el misterio de lo que me rodea. Mi señor acaricia
mi piel en la penumbra de las velas y me pide más cuentos. Le
narro el comienzo de la gran carrera que soñé el día anterior.
Muchos coches que él cree son caballos, se dispersan por el
desierto hasta la ciudad de Dakar. Yo conduzco un todo terreno
anaranjado con rayas brillantes de color violeta. A mi lado
un joven dirige la ruta con un mapa en las manos y aparatos
para orientarse. Nos traga el desierto profundamente, pero seguimos
días y noches, bajo el calor diurno y el frío de la luna, sin
detenernos jamás. Sólo a veces para repostar, descansamos en
pequeños pueblos señalados en el mapa, donde los niños nos piden
bolígrafos y nos despiden agitando las manos como si fuéramos
grandes personalidades. También sueño que se nos acaba el agua
y perdemos la ruta, pero para mi señor, la carrera de caballos
veloces acaba en un oasis lleno de hermosas huríes.
El venerable astrólogo me enseña el lenguaje
de los astros. Me gusta mirar las infinitas arrugas de su rostro.
He creído ver bajo esa máscara de años, el rostro joven y hermoso
de mi señor, su risa complaciente. Pero ese parecido es una
creencia que guardo en secreto. Jamás los he visto juntos. Otro
misterio más de esta ciudad anclada fuera del tiempo. Los nombres
de las estrellas más brillantes, Altair, Thoraz, Salamil, Boromuz,
tienen la misma musicalidad que el idioma de los criados y los
mercaderes. Esos nombres son nuevos para mí, pero en mis recuerdos
aparece la Estrella Boreal, que alguna vez me guió por el desierto.
La he visto también en este cielo, es la que el astrólogo llama
Boromuz. Pero él me vuelve a repetir que esa estrella no conduce
a ninguna parte. Que más allá del desierto está lo inimaginable,
la nada. El día de la fiesta de las flores, la ciudad se engalanó
como un jardín. La reina, más hermosa que nunca, se sentó en
el trono real y recibió, como cada año, el regalo de aquellos
que quieren obsequiarla con sus relatos. Sentada bajo la cúpula
de la sala estrellada, escuché con atención la voz del venerable
anciano que me traducía las historias del pueblo. Eran historias
fantásticas de seres mitológicos, pero una de ellas despertó
de nuevo los recuerdos dormidos en mis sueños. Un niño tímido
que agitaba los brazos mientras me contaba de los regaladores
de palos para escribir, que viajan en carros de hierro, a la
velocidad del viento en la tormenta. Le pregunté por los palos
de escribir. Tan sólo inventos del abuelo en las noches de hoguera.
Sólo eso, leyendas en la eternidad de las
dunas, para siempre las huellas de la reina sonámbula en el
filo de las dunas azules, bajo la noche del mar petrificado,
para siempre los sueños de un camino que se detiene aquí, sellado
por las puertas de arena, para siempre la reina preguntando
al astrólogo cuyos ojos son los del rey que la ama por las leyendas
que brotan de sus sueños, como el chorro fértil del manantial.
El placer que me causan las palabras es tan secreto como la
luz de las estrellas que brilla en cada rosa del desierto. No
me resigno, pero empiezo a comprender las palabras del astrólogo
y existir en el presente. Cuando un pueblo deja de contar leyendas,
muere. Cuando un pueblo no madura en sus sueños para lograr
la belleza de su mundo, se desvanece como las nubes. La reina
debe soñar y debe contar para que la fertilidad de la ciudad
se extienda. Debe pasear inquieta por el significado imposible
que los sueños le marcan y aceptar el misterio, como acepta
la presencia del joven que habla su lengua, el que llegó un
día a las puertas de la ciudad salido de una tormenta de arena,
sobre un carro como el que adorna la muralla, repartiendo palos
de escribir, enloquecido como ella misma hace miles de años,
con la ansiedad de otro mundo al que regresar, delirando de
fiebre por hacer que el astrólogo descifre la orientación de
los mapas que trae consigo, sin comprender aún que su mundo
es otro sueño del que se nutre la ciudad.
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