Historia del pueblo judío
Por Lara Kahalaf
Los Judios después de la peste negra

EN EUROPA

La peste negra supuso el fin de un época y el comienzo de un cambio decisivo para las comunidades judías en Europa.

La peste negra se había llevado consigo un elevado número de víctimas, a esto le tenemos que sumar el de judíos asesinados, quemados..., pero otra consecuencia de la peste en Europa fue la expulsión de judíos de las ciudades; en ciertos países esta expulsión era “para siempre”; sin embargo, ésta prohibición duró muy poco tiempo, y poco a poco los judíos comenzaron a retornar a sus ciudades; se le otorgó protección a cambio de una considerable suma de dinero inicial y el pago posterior de un gravoso impuesto anual. Las nuevas comunidades estaban compuestas por lo común por viudas, sus hijos y escasos hombres.

La razón principal de esta readmisión fue la urgente necesidad que tenían los obispos de ellos para fines económicos. Las ciudades se encontraban pronto cargadas de deudas debido al alejamiento de un elemento social y económico cuyo valor se apreció cuando ya no estaban.
La autorización concedida a los judíos no estaba referida a una estancia permanente, sino a un espacio de tiempo determinado de tres, cinco o diez años de duración. Esto suponía que los gobernantes tenían la posibilidad de cancelar el derecho de domiciliación y retirarles la protección.

Las comunidades judías se enfrentaban con frecuencia a problemas de población y domicilio, cuestiones que debían resolver de acuerdo con las circunstancias locales continuamente trasformadas. Hay que tener en cuenta también que la inseguridad era continua, por lo que cualquier agitación social o religiosa hacía peligrosa la situación y la residencia de los judíos.
En Alemania, fueron readmitidos en 1355, incluso en las ciudades que habían jurado que no permitirían que ningún judío pudiera habitar dentro de sus murallas en los próximos 100 ó 200 años.

En Francia, el Rey Juan (1361) les concedió privilegios especiales, que los judíos disfrutaron ampliamente en tiempos de su sucesor, Carlos V (1364-1380). Pero los últimos veinte años del s. XIV fueron, otra vez, desastrosos para los judíos en Europa. En Francia, nada más morir Carlos V, estallaron revueltas populares contra los judíos por su excesiva usura y por su resistencia a ser bautizados y a abjurar, todo lo cual terminó con el exilio permanente de la población judía (1394).

En Alemania, (1384) y en Bohemia (1389, 1399) se produjeron persecuciones contra los judíos. Bonifacio IX había protestado, aunque en vano, contra tales ultrajes y matanzas (1389); tan sólo en sus estados, en Italia y en Portugal el pueblo judío disfrutó, en alguna medida, de paz durante estos años de carnicería.

Durante el siglo XV empezaron nuevas persecuciones contra la población judía de Europa Central. En medio de su angustia, los judíos de Austria y Alemania apelaron al mismo pontífice quien, en 1420, volvió a alzar la voz en su favor y, en 1422, confirmó sus antiguos privilegios. Sin embargo, los judíos de Colonia fueron expulsados en 1426, y los de varias ciudades del sur de Alemania quemados bajo la vieja acusación de delitos de sangre (1431). Para aumentar sus desgracias, el Concilio de Basilea renovó las antiguas medidas restrictivas contra los judíos e ideó otras nuevas (1434); el Archiduque de Austria, Alberto, que les era adverso, fue nombrado Emperador de Alemania (1437-1439); y el nuevo Papa, Eugenio IV (1431-1447), en un principio bien dispuesto hacia los judíos, se mostró en esta época menos amistoso con ellos.
Se produjeron importantes persecuciones contra los judíos de Europa Central en tiempos de Nicolás V; los fugitivos encontraron refugio y acogida casi exclusivamente en el nuevo Imperio Turco, comenzado por Mehmet II, conquistador de Constantinopla, en 1453. El Emperador de
Alemania, Federico III, era débil y vacilante, de manera que, prácticamente hasta finales de su reinado (1493), los judíos que permanecían en Europa Central fueron sometidos repetidamente a miserias y humillaciones.

Los judíos de Italia vivieron mejor durante este periodo, debido al hecho de que las florecientes repúblicas de Venecia, Florencia, Génova y Pisa los apreciaban y los necesitaban como prestamistas y como diplomáticos; y merece la pena destacar que los judíos de Italia se aprovecharon muy pronto del recién inventado arte de la tipografía.

EN ESPAÑA

En Castilla, los judíos obtuvieron una gran influencia en tiempos de Don Pedro (1360-1369), y los percances que les ocurrieron se debieron en parte a que, con frecuencia, se aprovechaban de su poder para quedarse con los bienes de la gente a través de la exacción de impuestos y, en parte, a su constante lealtad a la causa de Don Pedro, durante la guerra civil que estalló entre él y Don Enrique. En castilla los judíos sufrieron las consecuencias del enfrentamiento. Los mercenarios franceses e ingleses de ambos bandos, que se habían acostumbrado al saqueo y el pillaje durante la Guerra de los Cien Años en Francia, y que eran antijudíos, causaron grandes daños en las comunidades hebreas de la ciudades que sitiaban y ocupaban entre los años 1366 y 1369.

Algunas de estas comunidades se vieron obligadas a pagar grandes sumas de dinero a ambos bandos; millares de judíos murieron en los asedios y en las batallas habidas, produciéndose matanzas de judíos en varios lugares del país. La zozobra de los judíos se habría de mantener incluso cuando Enrique III subió al trono de Castilla después de la caída de don Pedro, en 1369. los efectos de las persecuciones, la extorsión de dinero y la venta de judíos como esclavos proseguirían durante mucho tiempo. La situación de éstos continuó empeorando con el paso del tiempo con mayor intensidad, tanto en Castilla como en Aragón.

En el año 1378, se inició una larga serie de provocaciones religiosas originadas en Sevilla y derivadas de la oposición al buen éxito de los judíos en las actividades económicas y las funciones financieras oficiales.

En España, el reinado de Juan I (fallecido en 1390) fue testigo de un importante recorte del poder y de los privilegios de los judíos; y el de Enrique III (fallecido en 1406) se distinguió por sangrientos asaltos en muchas ciudades de Castilla y de Aragón.

Combinación de circunstancias originaría en el año 1390 un fuerte declive en la situación general de los judíos. En 1391 las predicaciones incendiarias del arcediano de Sevilla, Ferrán Martínez, llevan a los cristianos a asaltar la judería, causando muchas muertes. Rápidamente, como un reguero de pólvora, las matanzas de judíos se extienden por casi toda España. Las ciudades de Córdoba, Toledo, Valencia, Palma de Mallorca, Barcelona, Gerona y otras muchas ven sus juderías asaltadas. Muchos judíos para salvarse piden la conversación al cristianismo. Muchas juderías quedarán muy empequeñecidas y algunas, como Barcelona y Valencia, desaparecerán.

A principios del s. XV los judíos disfrutaron de un cierto descanso en casi todos los países en los que se les había permitido permanecer o a los que habían huido, escapando de las persecuciones en Francia y España. Pero tales días de paz no duraron mucho. En 1408 se publicó, en nombre del infante rey de Castilla, Juan II, un edicto que reavivaba los estatutos de Alfonso X, que permanecían dormidos, contra los judíos; y poco después (1412) se publicó un severo edicto que pretendía aislar a los judíos de los cristianos, por miedo a que la relaciones entre ambos pudieran dañar la verdadera Fe e inducir a los cristianos a abandonar su religión. De hecho, degradados de mil maneras, confinados en las "Juderías" y privados, prácticamente, de medios de subsistencia, muchos judíos se rindieron a las exhortaciones de San Vicente Ferrer y recibieron el bautismo, mientras que otros perseveraron en el judaísmo y vieron sus miserias algo aliviadas por el edicto real de 1414.

La persecución se extendió gradualmente a todas las provincias españolas, donde San Vicente llevó a cabo muchas conversiones. Finalmente, amanecieron días de luz para los judíos de España, después de la muerte de Fernando, Rey de Aragón (1416) y de Catalina, Regente de Castilla (1419), y después de la publicación de la siguiente declaración solemne de Martín V (1419) en su favor: "Considerando que los judíos han sido creados a imagen de Dios y que, un día, parte de ellos se salvará, y considerando que han implorado nuestra protección: siguiendo los pasos de nuestros predecesores, mandamos que los judíos no sean molestados en sus sinagogas; que no se ataquen ni sus leyes ni sus derechos ni sus costumbres; que no sean bautizados a la fuerza; que no se les obligue a observar las fiestas cristianas ni a llevar ningún nuevo distintivo; y que no se les impida tener relaciones de negocio con los cristianos".

Bajo el reinado de Juan las comunidades judías prosperaron; promovió a varios judíos a cargos públicos y quien, en 1432, confirmó el estatuto del sínodo Judío de Ávila, prescribiendo el establecimiento de escuelas separadas. Sin embargo, con el transcurso del tiempo, los cristianos españoles se quejaron ante el Papa de la arrogancia de los judíos de Castilla y, en consecuencia, Eugenio IV emitió una Bula desfavorable (1442) que redujo enormemente la prosperidad y la influencia de los judíos de España y que fue prácticamente repetida, en 1451, por Nicolás V (1447-1455). Sin embargo, este pontífice se opuso claramente a tanta violencia contra los judíos y requirió a los Inquisidores de la Fe no sólo que reprimieran el odio popular contra ellos sino que, además, no se les obligara a ser bautizados ni se les molestara de ninguna otra forma.

La población judía vivió en relativa paz y tranquilidad en tiempos de Enrique IV de Castilla (1454-1474) y Juan II de Aragón (1458-1479), puesto que, aparte de unas pocas revueltas populares dirigidas contra ellos, la persecución más importante en España cayó sobre los "marranos", judíos convertidos a la fuerza, para quienes el cristianismo no fue sino una forma de encubrir su ambición o su debilidad.

Incluso después de que Fernando II e Isabel I unieran Castilla y Aragón bajo un mismo cetro (1479), los judíos no fueron molestados (excepto en Andalucía) hasta la caída de Granada, protegidos, como estaban, por Isaac Abrabanel, ministro de finanzas judío. los judíos públicos llevaban una vida relativamente tranquila y sin mayores molestias. en cambio los conversos representaban uno de los más graves problemas.

Al principio los conversos procedentes del judaísmo se integraron con facilidad en la sociedad cristiana y muchos progresaron en los cargos públicos y hasta en la carrera eclesiástica. Se fue descubriendo que buena parte de estos conversos y sus descendientes practicaban en secreto la religión judía, eran los judaizantes o criptojudíos.

Para sus ideas de unidad del Estado, aquellos judaizantes "herejes" según el concepto cristiano, eran un obstáculo que había que resolver. Además, la división de la sociedad entre cristianos viejos y cristianos nuevos (conversos) ya había dado lugar a dos guerras civiles. Buscando una solución a este problema se creó la nueva Inquisición, la Inquisición española, cuya misión era perseguir, juzgar y condenar, incluso a la hoguera, a todos aquellos conversos de quienes se sospechara que practicaban el judaísmo.

La conquista del rico Reino de Granada hizo, aparentemente, que Fernando e Isabel no consideraran ya indispensables a los judíos en España, como si de hecho estuvieran fuera de lugar en sus reinos, que ambos deseaban que fueran cristianos. En 1492 publicaron, sin la aprobación de Inocencio VII, un decreto expulsando de España a todos los judíos, y ello a pesar de las súplicas de Abrabanel, que ofreció una inmensa suma de dinero.

Poco después la Inquisición, y con ella los reyes, llegaron a la conclusión de que no podrían hacer de los conversos buenos cristianos mientras a su lado vivieran judíos públicos. En consecuencia, los Reyes católicos decretaron en 1492 la expulsión de los judíos de todos sus reinos. En un breve plazo todos los que no quisieran convertirse al cristianismo habían de salir del país.

La mayoría de los expulsos marcharon a Portugal, pero poco después (1497) también eran expulsados de allí, dirigiéndose entonces al norte de África, sobre todo a lo que hoy es Marruecos y parte de Argelia.

Otros fueron a Italia y otros a Francia. A lo largo del siglo XVI todos ellos fueron extendiéndose por ambas orillas del Mediterráneo, radicándose la mayoría en el Imperio Otomano, donde conocerían días de gloria. Estos expulsados y sus descendientes son los sefardíes, que a través de los siglos mantendrían una unidad entre sí gracias también a su lengua de raíz hispánica en la que produjeron una importante literatura entre los siglos XVIII y XX.

Verdaderamente, fueron grandes las desgracias que sucedieron a los empobrecidos judíos en el exilio. En Navarra tuvieron que escoger, finalmente, entre la expulsión o el bautismo. En las ciudades portuarias de África, donde se les permitió desembarcar, quedaron diezmados por las plagas y el hambre. En los barcos genoveses fueron sometidos a los tratos más brutales y los judíos que desembarcaron cerca de Génova quedaron reducidos a la inanición o abandonaron el judaísmo. En Roma, sus compañeros judíos ofrecieron 1.000 ducados a Alejandro VI para impedir su admisión, oferta que fue rechazada con indignación. En Nápoles, fueron recibidos con compasión por Fernando I, pero también fueron asesinados en gran número debido a la peste que se declaró entre ellos.

En Portugal, Juan II los toleró solamente durante ocho meses, después de los cuales todos los judíos que permanecían allí fueron convertidos en esclavos. Es cierto que, en un principio, su sucesor, Emmanuel (1495-1521), liberó a los judíos esclavizados pero, finalmente, en diciembre de 1496 firmó un decreto expulsando de Portugal a todos los judíos que hubieran rechazado ser bautizados; en 1497, el decreto se puso en práctica. El país donde los judíos expulsados de España recibieron mayor hospitalidad fue Turquía, que entonces estaba gobernada por Bayaceto II.

 
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