Había una vez un rey muy triste que tenia un sirviente
que era muy feliz. Todas las mañanas llegaba a traer el desayuno
y despertaba al rey, cantando y tarareando alegres canciones
de juglares. Una sonrisa se dibujaba en su distendida cara y
su actitud para con la vida era siempre serena y alegre. El sirviente sonrió, hizo una reverencia y salió de la habitación.
El rey estaba como loco. No consiguió explicarse como el paje estaba
feliz viviendo de prestado, usando ropa usada y alimentándose de las
sobras de los cortesanos. Cuando se calmo, llamo al mas sabio de sus asesores
y le contó su conversación de la mañana. Así fue. Esa noche, el sabio paso a buscar al rey. Juntos se escurrieron hasta los patios del palacio y se ocultaron, junto a la casa del paje. Allí esperaron el alba. Cuando dentro de la casa se encendió la primera vela, el hombre sabio agarro la bolsa y le pincho un papel que decía: "Este tesoro es tuyo. Es el premio por ser un buen hombre. Disfrútalo y no cuentes a nadie como lo encontraste." Cuando el paje salió, el sabio y el rey espiaban, para ver lo que
sucedía. El sirviente vio la bolsa, leyó el papel, agito la bolsa
y al escuchar sonido metálico se estremeció, apretó la bolsa contra
el pecho, miro hacia todos lados y cerro la puerta. El rey y
el sabio se arrimaron a la ventana para ver la escena. El sirviente
había tirado todo lo que había sobre la mesa y dejado solo la
vela. Se había sentado y había vaciado el contenido en la mesa.
Sus ojos no podían creer lo que veían. ¡Era una montaña de monedas
de oro! Él, que nunca había tocado una de estas monedas, tenia hoy
una montaña de ellas para el. El paje las tocaba y amontonaba,
las acariciaba y hacia brillar la luz de la vela sobre ellas. Las
juntaba y desparramaba, hacía pilas de monedas. Así, jugando
y jugando empezó a hacer pilas de 10 monedas. Una vez mas busco en la mesa, en el piso, en la bolsa, en sus ropas, sus bolsillos, corrió los muebles, pero no encontró lo que buscaba. Sobre la mesa, como burlándose de el, una montanita resplandeciente le recordaba que había 99 monedas de oro "solo 99". "99 monedas. Es mucho dinero", pensó. Pero me falta
una moneda. Noventa y nueve no es un numero completo -pensaba-
Cien es un numero completo pero noventa y nueve, no. El rey y
su asesor miraban Tomó papel y pluma y se sentó a hacer cálculos. ¿Cuanto tiempo tendría que ahorrar el sirviente para comprar su moneda numero cien?. Todo el tiempo hablaba solo, en voz alta. Estaba dispuesto a trabajar duro hasta conseguirla. Después, quizás no necesitara trabajar más. Con cien monedas de oro, un hombre puede dejar de trabajar. Con cien monedas de oro un hombre es rico. Con cien monedas se puede vivir tranquilo. Saco el calculo. Si trabajaba y ahorraba su salario y algún dinero extra que recibía, en once o doce anos juntaría lo necesario. Sacó las cuentas: sumando su trabajo en el pueblo y el de su esposa, en siete años reuniría el dinero. Era demasiado tiempo!!! Quizás pudiera llevar al pueblo lo que quedaba de comidas todas las noches y venderlo por unas monedas. De hecho, cuanto menos comieran, mas comida habría para vender...Vender... Vender... Estaba haciendo calor. ¿Para que tanta ropa de invierno, Para que mas de un par de zapatos? Era un sacrificio, pero en cuatro años de sacrificios llegaría a su moneda cien. El rey y el sabio volvieron al palacio. El paje había
entrado en el circulo del 99... No paso mucho tiempo antes de que el rey despidiera al sirviente. No era agradable tener un paje que estuviera siempre de mal humor. Cuantas cosas cambiarían si pudiéramos disfrutar de nuestros tesoros tal como están. Índice |