La Música Árabe
Por Álvaro Martínez León
La Dinastía Omeya (661 - 750)

El imperio islámico siguió extendiéndose, trasladándose la capital a Damasco. La riqueza de los califas creció, al igual que su gusto por la música. Ésta comenzó a convertirse en un entretenimiento, en una etiqueta de elegancia que era imprescindible en la corte. Los músicos empezaron a subir en la escala social, y dejaron de tener la categoría de esclavo o sirviente, para subir un pequeño peldaño y empezar a formar una clase aparte.

Los palacios se llenaron de cantores y cantoras que, gracias a la tradición que se había ido formando anteriormente, daban  una calidad cada vez mayor a sus interpretaciones e improvisaciones, que eran bien remuneradas. Muchos de ellos eran árabes de nacimiento o de aculturación, pero las influencias que seguían llegando de los territorios conquistados se hacían notar. Estas influencias eran mayormente persas, tal y como estaba sucediendo en las costumbres de los califas.

El músico más importante de la época de los Omeyas y el más influyente fue Ibn Misjah. Nacido en la Meca de una familia persa, viajó a Siria y Persia, donde aprendió la teoría y la práctica bizantina y persa, añadiéndolas a la formación árabe que ya poseía. Se le recuerda en los escritos como un cantante, laudista y teórico de la música de su momento con gran autoridad, pues además de incorporar nuevos elementos a la música de la época, rechazó otros por no considerarlos adecuados a los criterios de la música islámica.

Otro músico famoso del momento fue Ibn Surayj (hijo de un esclavo persa), conocido por su forma de cantar elegías (nawh) y por enseñar ese arte a sus contemporáneos, así como por sus improvisaciones. Al-Gharid, un alumno suyo de ascendencia bereber y Ibn Muhriz, de familia persa, fueron también valorados en su momento. Es el mismo caso del negro Ma´bad, creador de un estilo personal que copiarían generaciones sucesivas y que fue acompañado en su carro mortuorio por el califa Al Walid IbnYazid y sus hijos.

El apoyo a la música y la apreciación de ésta como arte independiente a la poesía aumentaba, siendo los califas cada vez más apasionados en este aspecto. La posición social y económica del músico crecía, permitiendo una dedicación más profunda a la composición y al estudio de la interpretación. Se estaba creando, pues, el caldo de cultivo para la que sería la época de apogeo de la música clásica islámica.

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