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Desde la Dinastía XXII hasta el final del Egipto independiente, la religiosidad egipcia sufre cambios profundos de acuerdo con la evolución de la sociedad y sus ideales. Decae notablemente la importancia del culto de Amón de Tebas y asciende el de Neith de Sais y Bastet de Bubastis. Al mismo tiempo la superstición y la magia adquieren una importancia antes desconocida y su auge supone necesariamente una degradación de la religión propiamente dicha. Las invasiones etíopes y asirías, y más tarde las persas hacen imposible la existencia de dioses nacionales. Renace el antiguo politeísmo y los dioses locales aparecen de nuevo con vigor, pero no pueden elevarse a categoría nacional. Igualmente aparecen cultos animalísticos de época primitiva y alcanzan tal importancia que hacen retroceder a grandes dioses. Así Re desaparece ante Mnevis y Ptah ante Apis En la misma línea podíamos situar el auge de los semidioses como Amenofis e Imhotep. Este fenómeno conlleva una degradación del contenido religioso y un aferrarse a la regla exterior. No obstante esta idea necesita ser matizada en muchos aspectos. Es evidente que si se atienden a los textos hay que admitir que en esta época se hizo un gran esfuerzo por parte de los sacerdotes ilustrados para clarificar los mitos antiguos siguiendo las tendencias del sincretismo y hasta del monoteísmo. No se puede olvidar que es ahora cuando se componen los pseudoepígrafes tan llenos de contenido teológico como la TEOLOGÍA MENFITA O LA ESTELA DE BENTRESH. La preponderancia de la religión personal y la preocupación por el más allá mantienen el culto de Osiris y de Isis, como dioses muy cercanos al destino individual del hombre, hasta el punto que Herodoto afirmaba que los únicos dioses de que hablaban todos los egipcios era de estos dos. La falta de confianza en el futuro produce un tipo de egipcio profundamente piadoso, atormentado y preocupado por su destino personal. Índice |