La religión del Antiguo Egipto
Por Lara Kahalaf
Introducción a la Historia del Antiguo Egipto

A partir de una fecha situada en los alrededores del años 3000 a.C. se unifica de modo definitivo Egipto desde el Delta hasta la primera catarata, reuniéndose en el monarca, el faraón, los poderes y símbolos del Bajo y Alto Egipto. El largo período dinástico, que alcanza hasta la conquista romana, está formado por una serie de dinastías.

Cabe distinguir tres grandes periodos en la historia del Egipto antiguo, que reciben el nombre del Imperio Antiguo, Medio y Nuevo. El comienzo el Imperio Antiguo quedó fijado durante mucho tiempo en el 3315 a.C. pero hoy esta fecha se ha rebajado y puede situarse entre el 2800 y el 3000, pudiendo extenderse dichas etapa hasta fecha próxima al 2300 a.C.


Pirámide escalonada del rey Djoser en Sakkara

Pocas noticias se tienen sobre las dos primeras dinastías, llamadas tinitas, durante las cuales Egipto se consolidó como estado unitario.

Durante la  tercera dinastía, iniciada por Djoser (hacia el 2750), la cultura egipcia alcanzó un nivel muy alto. Djoser trasladó la capital a Memphis, y fue el primer faraón que construyó como tumba una pirámide, la pirámide escalonada de Sakkara. Su arquitecto fue el famoso sabio Imhotep, creador del definitivo calendario egipcio.

Con la cuarta dinastía se llega al apogeo del Imperio Antiguo. El faraón tenía carácter divino y era por tanto soberano absoluto. Tras él, el visir y los altos funcionarios constituían una verdadera aristocracia que en parte residía en los cuarenta y dos distritos o nomos que aquellos gobernaban. Los nombres de los grandes faraones: Keops, Kefrén y Mikerinos van unidos al de las grandes pirámides que construyeron.

Sin embargo a partir de la V dinastía (aproximadamente 2560-2420) se provocó una grave crisis que estalló de forma violenta hacia fines de la VI dinastía (2420-2300), tras el larguísimo reinado de Pepi II, cuando el particularismo de los jefes de los nomos, que en muchos casos habían hecho hereditario el cargo, y de los sacerdotes provocó la ruptura de la unidad. Comenzó así el llamado primer período intermedio (2300-2065), históricamente muy oscuro, que cabe interpretar como una verdadera revolución.

Con los últimos faraones, tebanos, de la XI dinastía (2065-2000) se rehizo la unidad egipcia y se inició el llamado Imperio Medio (2065-1580), uno de los períodos más prósperos de la historia egipcia. Los faraones Mentuhotep II y III, de la dinastía XI (que trasladaron la capital a Tebas), y, sobre todo, Amenemhet II y Senuret III, de la dinastía XII (2000-1785), que volvieron a trasladar la capital al norte, realizaron extensos programas de reformas y de obras públicas en el interior (especialmente notable es el saneamiento de El Faiyum), así como audaces planes de expansión en el exterior, que llevaron a la conquista de Nubia y al sometimiento de vastos territorios de Siria. Pero, una vez más, después de un período de esplendor, Egipto comenzó, con las dinastías XIII Y XIV (1785-1680), un lento declinar, hasta que cayó, alrededor del 1730, ante la invasión de un pueblo extranjero, los Hicsos, venidos de Asia, que dominaron el país durante más de un siglo.

La insurrección contra los invasores extranjeros partió, una vez más, de Tebas con Kames y Ahmés, fundadores de la dinastía XVIII (1580-1320) y del Imperio Nuevo (1530-1200). Fue éste el último gran período de la historia del Egipto faraónico que se transformó en una gran potencia militar, quizá la más potente de aquella época. Mubia, que durante el segundo período intermedio (1785-1580) se había liberado del dominio egipcio, fue reconquistada; además, Siria, Palestina y Mesopotamia conocieron la potencia de las armas egipcias. A la muerte de Tutmosis III (1442), el imperio faraónico se extendía desde Nubia –a partir de la cuarta catarata del Nilo- hasta el Éufrates. Algunos años más tarde, una crisis religiosa paralizó por breve tiempo la próspera trayectoria de Egipto.

Su iniciador, el faraón Amenofis IV (Amenhotep) (1370-1352), conocido por el “rey herético”, intentó establecer el culto del dios Atón (el disco solar) en perjuicio del de Amón; para ello fundó una nueva capital (Tell al Amarna), e incluso cambió su propio nombre por el de Akenatón (complace a Atón). La reforma de Amenofis IV pretendía, entre otras cosas, limitar el extraordinario poderío del clero tebano de Amón. Pero la reforma religiosa terminó con la muerte de Akenatón,  y el joven Tutankamón volvió a trasladar la capital a Tebas, restableciendo el culto de Amón. Algunos decenios más tarde, otro pueblo asiático, el hitita, amenazó al imperio egipcio en Asia, pero la invasión fue detenida.


El faraón Amenofis IV


Imagen de Alejandro Magno como faraón

Sin embargo, a finales del siglo XIII otro peligro más grave se cernió sobre Egipto: la invasión de los “pueblos del mar”, que se abatió sobre las orillas del Mediterráneo oriental, iniciando una era de inseguridad en la que fue destruido el imperio hitita y amenazado seriamente el egipcio. Después de una larga serie de combates de éxito incierto, Ramsés III (1198-1166), de la dinastía XX (1200-1085), el último gran faraón egipcio, eliminó definitivamente el peligro; pero Egipto salió desgastado de la lucha, iniciándose a partir de entonces una larga e inevitable decadencia.

En el interior, recobró su fuerza al antiguo particularismo feudal; las milicias mercenarias nubias y libias no aceptaron el poder central, llegando a fundar dinastías propias, y la autoridad religiosa adoptó una posición de antagonismo respecto al poder político. En el exterior, las provincias del imperio tienden a disgregarse; los intentos de restablecer la antigua autoridad –como los de Aheshonk I (950-929), fundador de la dinastía XXII (950-730), que invadió Palestina y conquistó Jerusalén, a la muerte de Salomón- no tuvieron continuadores. Después de un largo período de anarquía (dinastías XXIII-XXV), dominado por las luchas entre los soberanos libios y los etíopes, que se disputan el dominio del país, se produjo la invasión extranjera: primeramente fue la de los asirios, en 671 y 664 a. C. Siguió , con la dinastía XXVI (663-525), un período –llamado saíta, por la capital, Sais- de relativa brillantez, con faraones filohelenos (Psamético, Necao, Amasis), pero en el 525 otra conquista, la de los persas, al mando de Cambises, redujo Egipto al rango de provincia.

Al dominio persa pone fin la conquista de Alejandro Magno (333 a.C.), acogido por los egipcios como un liberador. Aunque a su muerte Egipto se reconstituyó en monarquía independiente bajo el cetro de Tolomeo Lagos –fundador de la nueva dinastía tolomeica o lágida, que reinó durante tres siglos en el país- ya estaba abierto a la influencia griega. La monarquía de los lágidas, a veces potente y brillante, fue una monarquía independiente, pero no nacional.

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