La religión del Antiguo Egipto
Por Lara Kahalaf
El Panteón Egipcio

Lo primero que hay que señalar al abordar el panteón egipcio es la dificultad que se encuentra para presentarlo de forma ordenada, coherente y completa, lo cual no es debido solo a la documentación de que se dispone. Los egipcios no experimentaron una particular inquietud por sistematizar el mundo de los dioses, no pretendieron nunca ofrecer un panorama global en el que cada divinidad tuviera un espacio propio y bien definido en relación con las demás. No tuvieron reparo alguno en realizar identificaciones o asimilaciones de dioses, o en aplicar de forma indiscriminada epítetos, atributos e incluso funciones derivadas de tradiciones míticas muy concretas.

Esta flexibilidad se vio favorecida por el propio carácter poco diferenciado que originariamente sustentaron la mayoría de esas deidades, a excepción de algunas de menor entidad, de las que dependían parcelas muy concretas de la vida, como Bes o Tueris, y que tuvieron quizás por ello una notable popularidad. Por otra parte, el franco conservadurismo de los egipcios les impulsó a no abandonar los cultos antiguos, sino a yuxtaponerlos a los nuevos, en un proceso acumulativo del que resulta un cuadro abigarrado no exento de incoherencias desde nuestra moderna perspectiva.

Un buen punto de partida, para establecer unas tipologías teológicas es empezar con la apreciación del carácter originariamente local que tienen los dioses egipcios. Remontando a un pasado prefaraónico en el que el valle del río estaba articulado en grupos tribales o clanes autónomos se puede decir que cada comarca o distrito tenía su propio y específico dios. Incluso los que con el tiempo se convertirían en grandes dioses nacionales, o aquellos que personificaban las fuerzas de la naturaleza, tuvieron un origen geográfico que es posible en muchas ocasiones precisar. Cada dios será adorado en su lugar natal como el principal, el dios único, encarnación por excelencia de lo divino, y por supuesto, primordial y demiurgo. Como se puede deducir de esto, el egipcio va a ser particularmente proclive a aceptar la condición universal de la divinidad, del dios concreto al que eleve su piedad o se dirija en sus oraciones.

Los cultos rendidos en los nomos en tiempos históricos eran herederos de la prehistoria. Todos los nomos poseían una capital y un cierto número de aldeas que adoraban a sus propios dioses. Pero cada uno reconocía a un dios principal, al cual se asociaban, más o menos íntimamente las divinidades subalternas. Los dioses principales eran las mismas divinidades que durante la prehistoria señoreaban estados independientes; ellos seguían siendo los propietarios del suelo de sus estados, mientras que el faraón reinante dirigía el culto, respetaba las tradiciones y admitía que cada dios se proclamara soberano en su nomo. El rey permitía una libertad completa a los cleros locales para que desarrollaran la teología particular a cada divinidad.

La evolución histórica será el factor dinamizador que determinará en buena medida la modificación de este panorama original. La formación de los estados predinásticos del Alto y Bajo Egipto, la consecuencia de la unidad, etc., fomentarán los contactos ente los diversos centros del culto, iniciándose los intercambios y transformaciones de las divinidades. Así algunas llegarán a adquirir un carácter nacional, como por ejemplo aquéllas vinculadas a ciudades que se convierten en capitales o que jugaron un importante papel político-administrativo, o las que se consagran como protectoras de la realeza faraónica. Se dieron indudablemente esfuerzos de ordenación teológica interesantes que contribuyeron a establecer una mínima estructuración, a veces sólo genealógica, entre determinados dioses, y de los que resultan, por ejemplo, la aparición de Enéadas (en principio, grupos de nueve dioses entre los cuales se establece una vinculación), o a un nivel más modesto, de triadas, normalmente muy vinculadas a un santuario o ciudad concreta.

¿Qué entendían los egipcios por "dios", cuál era su noción de lo divino?. El término que lo traduce ntr, ayuda bastante poco; hay discusiones en torno a su origen e incluso sobre lo que representa. Parece que se trata del estandarte que señalaba el emplazamiento sacro donde se supone que reside o está presente la divinidad. Contemplando atentamente es fácil apreciar que los dioses egipcios no aparecen esencialmente diferentes a los hombres: como éstos, han tenido un principio, estaban constituidos por un cuerpo y unos principios o entidades espirituales (el Ka, el Ba, etc.), actuaban según las pasiones humanas, envejecían e incluso podían pasar por la experiencia de la muerte, yendo a residir en el más allá celestial o subterráneo. Incluso se recuerda que algunos de ellos habían cumplido su misión sobre la Tierra en calidad de reyes (época dorada a la que los egipcios se referían nostálgicamente como "el tiempo del dios").

Parece que lo que caracteriza más claramente a los dioses son sus facultades o poderes sobrehumanos. En realidad la noción más simple que se hace de lo divino es aquello que tiene poder, lo cual aparece normalmente expresado con el término hk3W que viene a significar "magia" o "poderes mágicos" y que se manifiesta en la multiplicación o ampliación de los principios espirituales básicos: a diferencia de los simples mortales, los dioses tienen varios Ba y hasta catorce Ka. En definitiva la simple noción de poder, de eficacia, podría servir de denominador común al inmenso abanico de las divinidades egipcias.

Además de los grandes dioses, los egipcios tenían todo un mundo de divinidades inferiores o genios que tenían un enorme arraigo popular fundamentalmente por su franco carácter benefactor y profiláctico, y no tenían ningún lazo especial con ningún nomo. La más insigne fue Maat, la diosa de la verdad y de la justicia presente en el tribunal donde Osiris juzgaba a los muertos; a ella se referían constantemente, con devoción más o menos sincera, los funcionarios y los jueces del Antiguo Egipto. Los escribas se encomendaban a Seshat "la señora de la biblioteca", la diosa de la escritura.

Todos los egipcios llevaban en el cuello algún amuleto que representaba a los dioses humildes y familiares. Las mujeres rogaban a la diosa hipopótamo Tueris ("la grande") que les diera leche abundante para criar a sus hijos y cuando estaban de parto se ponían bajo la protección de la comadrona Meskhenet. Bes era un enano de grotesca apariencia y gesticulador que armado con un haz de cuchillos defendía a las personas y a los hogares de cualquier influencia maligna; otras veces tocaba la lira y con sus muecas hacía reír a los dioses. Los campesinos rendían culto a Nepri, el dios del grano, a Ermutis (Rennutet), la diosa de las cosechas, y muy especialmente a Hapy, la Inundación que fertiliza anualmente las tierras.

Finalmente, se conoce también el caso de algunos hombres (al margen de los faraones) que adquirieron tal celebridad y prestigio que se les admite en el panteón y se les acaba rindiendo honores como a los demás dioses; tal es el caso de Amenhotep, hijo de Apu, que ocupó importantes funciones durante el reinado de Amenhotep III; y sobre todo Imhotep, ministro de Djeser (III Dinastía), inspirador del conjunto funerario de Saqqarah, lo que fomentó el respeto y la veneración de que gozó; se le relacionará con Ptah, en calidad de hijo suyo, y por ello su culto se centró en principio en la zona Menfis-Saqqarah, extendiéndose luego a todo Egipto; los griegos lo identificaron con Esculapio, y en general se le consideró protector de los escribas, de las artes y la arquitectura y en definitiva de la sabiduría.

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