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Fue capital de dos grandes imperios y en la actualidad es la ciudad turca más grande e importante, el lugar donde conviven en asombrosa armonía cristianos, musulmanes y judíos. Caminando por sus calles, recorriendo sus iglesias, mezquitas y palacios, o simplemente tomando un té en cualquiera de sus maravillosos rincones, se pueden percibir algunos de los muchos misterios que resuma esta histórica y monumental ciudad, sita a caballo entre dos continentes y en la que convergen las civilizaciones de Oriente y Occidente. El aire místico de Estambul Ciudad legendaria y misteriosa, tan hermosa como seductora, puente
entre culturas y anhelada por grandes conquistadores, Estambul fue
el centro del mundo musulmán durante mil años como capital
del Imperio Bizantino (Bizancio). Después, durante quinientos
años más, fue centro cristiano del Imperio Otomano. Al margen de las leyendas que ilustran su mítico pasado Estambul es mucho más. Sólo hay que perderse por las enmarañadas callejuelas de la Ciudad Vieja, recorrer las orillas del Cuerno de Oro o saborear un té o café turco en uno de los muchos puestos ambulantes y callejeros mientras hacemos una pausa en el trayecto, para darnos cuenta de que mil quinientos años siendo el centro del mundo han hecho de ella un enclave especial. Sus grandes estructuras arquitectónicas religiosas nos indican que está arraigada en las grandes tradiciones seculares, pero eso no implica que se haya olvidad de los afanes modernistas que tiene cualquier gran ciudad. En todas las direcciones donde miremos, podremos observar que la ciudad entera es un mercado gigantesco en el que todo tiene cabida. A diferencia de lo que ocurre en la parte moderna, el reloj parece detenerse en la Ciudad Vieja. Allí existe una mística particular que se puede apreciar en la forma de vivir, de contemplar el tiempo. Es como una gran cúpula que la protege del agitado mundo exterior. Prueba de ello son la tranquilidad con que realizan sus transacciones comerciales en las que nunca faltan un asiento y una taza de té, o en su manera de tratar a los miles de viajeros y turistas que abarrotan las calles y lugares de hospedaje durante todo el año. Estambul cuenta con más de mil mezquitas, aunque sus ciudadanos alardean de que la suma asciende a más de dos mil en toda la urbe. Sin embargo no son fanáticos y viven el islamismo de una forma abierta, respetando además a las otras comunidades religiosas minoritarias, cristianos ortodoxos y judíos, que conforman el conglomerado religioso de la ciudad. Ruta iniciática por las mezquitas Al llegar a la mítica Estambul llaman poderosamente la atención las siluetas de cientos de cúpulas y minaretes que recortan el cielo y adornan la ciudad. No hace falta ser musulmán para sucumbir ante el espectáculo que supone tal derroche de formas o para apreciar las enseñanzas religiosas y filosóficas que en ellas se desarrollaron. En la actualidad son alrededor de dos mil las mezquitas que levantan orgullosas sus agudos minaretes hacia el Sol. Entre todas tres son las que merecen especial atención por su tamaño, historia y repercusión. La primera y más importante es Santa Sofía, el emblema de la vieja Estambul, la vidente de casi toda la historia de la ciudad y punto de admiración y referencia para todos los gobernantes que dirigieron los grandes imperios de la que fue capital. Bajo la tierra donde hoy día se encuentra Santa Sofía se hallaba una pequeña básica reducida a escombros a causa de un incendio. No valía la pena levantarla de nuevo, así que Justiniano decidió construir otra nueva pero de mayores dimensiones. La leyenda cuenta que decidió hacerlo a causa de un sueño especial. En él un anciano se le aparecía en el solar de la basílica mostrándole los planos de la nueva construcción en una placa de plata. Al despertar, mandó llamar al arquitecto de al presentarse, le dijo que había tenido un sueño en el que había contemplado los planos de la construcción. Así que, tan pronto como despertó, se puso manos a la obra en dibujar un croquis con los planos que había soñado. El arquitecto había tenido el mismo sueño que su emperador. La historia de la basílica de Santa Sofía representa, sin proponérselo, la verdadera alegoría que define a Estambul. Dedicada a la sabiduría divina no a una santa como algunos creen_, fue construida como corazón del cristianismo. En 1453 Mehmet II la transformó en mezquita y emblema de los sultanes otomanos, hasta que en 1934, instaurada la República, se convirtió en museo. Según cuenta una leyenda, antes de entrar por primera vez en su interior, el conquistador Mehmet lanzó un puñado de tierra por encima de su cabeza en señal de humildad y respeto. Una vez dentro, dirigió sus oraciones hacia la Meca y , al ver que uno de sus soldados golpeaba el suelo de mármol, le increpó y atizó rápidamente con su espada. Santa Sofía es, sin lugar a dudas, el recinto religioso que guarda con mas densidad el ambiente espiritual y sagrado de Estambul. De su cúpula, con una altura de 67 metros y un diámetro de 33, se decía que “ parece magnetismo especial ha atraído durante mil quinientos años tanto a cristianos como a musulmanes. Estar en su interior , bajo la gran cúpula flotante, es una experiencia iniciática, un enorme sentimiento de soledad y recogimiento que impresiona y sobrecoge. De hecho, los bizantinos afirmaban que era el punto terrenal mas cercano a Dios. Algo parecido sucede también el la Mezquita Azul construida por Ahmet I. Con sus seis minaretes, y situada frente a la de Santa Sofía, es el mayor centro de oración de Estambul. Su interior hace enmudecer al más ateo, y su cúpula es, aún si cabe, mayor que la de su vieja vecina. Durante las horas de mayor esplendor solar, la luminosidad que entra por sus 260 vidrieras rebota en los muros y columnas teñidos de azul creando una neblina especial que, entremezclada con el humo y la luz de las velas, consigue un ambiente casi celestial que emborracha los sentidos. Los seis minaretes o “alminares” (cuyo nombre es mucho más propio) que flanquean la Mezquita Azul también tienen su leyenda. En ella se explica que el gran sultán Ahmet I quiso superar la otra de la mezquita de Suleyman. Para conseguirlo ordenó a su arquitecto construir un solo minarete de oro. Pero, a causa de la similitud fonética, confundió la orden de latín (oro) por alti (seis). La finalidad oficial del alminar es la de ser la torre desde la cual el almuédano o muecín llama a los fieles a la oración. Esto representa una rareza histórica, ya que en sus orígenes, en la ciudad de Damasco,,,, la población musulmana no estaba concentrada en un solo barrio, sino diseminada por toda la ciudad. Posiblemente, en un principio se interpretaría como una manifestación simbólica de la presencia del Islam destinada a los no musulmanes de la ciudad, y la proliferación de minaretes como una señal de la importancia y símbolo de prestigio social, imperial o personal. Los alminares o minaretes son un claro símbolo de acercamiento a Dios, tal como también se podría derivar de su nombre (en árabe manar o manara, significa “lugar de luz”). El alminar simboliza el mito de la montaña sagrada y su construcción está llena de claves simbólicas y relaciones numéricas, casi siempre alrededor del número siete, un elemento mágico muy trabajado en la Cábala y también por los arquitectos de la cultura y religión islámica. Dentro de ese simbolismo y según algunos investigadores, podríamos ver también que la parte más alta de dichas torres representaría el bosque sagrado, algo parecido a lo ocurrido con los zigurats. Por último Suleymaniye Camii, la mezquita de Suleyman “el Magnífico”, o tal como lo conocen los turcos, “el Legislador”. Resulta impresionante tanto por su ubicación, en una colina situada en la orilla occidental del cuerno de Oro, como por su diseño. A pesar de poseer 28 cúpulas y una apariencia totalmente sólida, su interior es simple y sobrio, tan solo coloreado por las cristaleras y los azulejos que conforman un ambiente de armonía adecuado para los rezo y la meditación. Las leyendas dicen de ella que su arquitecto Sinan la construyó tan sólida como para acompañar hasta la eternidad a la palabra del profeta sin agrietarse. La sagrada danza del vientre La Danza Oriental, más conocida como del Vientre, es una de las danzas más antiguas que se conocen. Todavía en la actualidad hay dudas sobre el origen de la gobek dans como se denomina en Turquía, ya que apareció bajo la influencia de varias culturas. Su nacimiento podría deberse a los griegos, quienes participaban en ritos religiosos esotéricos que incluían el baile como parte de al ceremonia. Sin embargo otros apuntan que el origen de esta danza es egipcio. De lo que no cabe duda es de que la danza del vientre tiene un origen sagrado. Era un baile matriarcal destinado a la Diosa Madre, como culto máximo a la fertilidad y a la maternidad. De hecho, no podía ser contemplado por hombres. La riqueza de las evoluciones, torsiones y posibilidades de la danza del vientre abarca una infinita combinación de mágicos movimientos cíclicos, en los que todo el cuerpo trabaja sincronizado en una misma cadencia sonora. En otras ocasiones, casa parte del cuerpo de la bailarina se mueve independientemente bajo profunda conciencia corporal y concentración espiritual. La danza oriental fue diseñada únicamente para el cuerpo femenino, y debe ejecutarse con los pies descalzos para conectar con la Madre Tierra. La destreza de cada bailarina depende de los movimientos del torso, cuello y manos, teniendo especial énfasis la zona abdominal. Además de cierto tipo de instrumentos musicales rítmicos, en ocasiones también se utilizaban elementos que enriquecían el simbolismo tradicional de la propia danza y que eran utilizados por sus funciones protectoras y mágicas, tales como velas, espadas y especialmente serpientes. Desgraciadamente este ritual ha sido transformado en un símbolo erótico, un espectáculo de belleza, sensualidad y sexualidad. La influencia del cine y la televisión la ha despojado de su significado como rito sagrado. Viaje espiritual con los derviches La rica y compleja mística islámica ha mantenido desde siempre una relación tensa con los musulmanes ortodoxos con la teología oficial y la ortodoxia política, posiblemente debido a las conexiones e influencias ideológicas extraislámicas del monacato cristiano y de las ideas de los monjes hindúes o budistas. Los “místicos del Islam” o sufíes pasaron de un tipo de ascetismo a la búsqueda consciente de Dios. El ideal sufí es el amor desinteresado a Dios, sin pensar en recompensas o castigos, paraíso o infierno. Después de la muerte del místico Mevlana Mohamed Jalalud-din, su hijo, Sultán Walad, fundó en es siglo XIII la “secta de Mevlana” para dar continuidad a las ideas filosóficas de su padre. Éste consideraba que todas las cosas de la creación tienen un movimiento giratorio circular. De este modo, pensaba que el ser humano, caracterizado por el conocimiento, la inteligencia y el alma, podía participar de una manera consciente de esta realidad y acercarse al divino amor y a la unidad. El movimiento musulmán de los derviches danzantes aparece en Konya (Anatolia central) promovido por Walad. Según el diccionario de Ciencias Ocultas, escrito por J. Felipe Alonso, derviche es el “nombre genérico de un tipo de místico musulmán que cultiva el trance y el éxtasis religioso, al que llega mediante movimientos, gestos y danzas, acompañados de la recitación de plegarias y de los nombres de Dios”. La danza ritual derviche o Sema es, por tanto, un elemento iniciático y religioso. Busca la participación del Hombre en lo divino y la intervención de lo sobrenatural en los asuntos mundanos. El derviche, cuando inicia su trepidante danza en la ceremonia religiosa, sabe que, mediante una técnica previa en la que inhibirá su consciente, se situará en la actitud más favorable para que se produzca una apertura de los estratos más profundos de la personalidad y , por tanto, más próximos a lo divino, alcanzando el ansiado éxtasis. Un derviche apuntaba “Adoramos al Señor danzando, porque la danza mata al ego, y cuando el ego ha muerto, no hay ya obstáculos que impidan la unión con Dios”. El fenómeno es conocido en Medicina como trances cinéticos en los que el individuo alcanza estados alterados o modificados de consciencia. En Estambul existe la oportunidad de visitar un convento de derviches danzantes o giróvagos donde realizan las ceremonias. Está situado en Galip Dede Caddesi (calle de Galip Dede), que debe su nombre al Mausoleo del conocido derviche. Por tradición, la ceremonia de Mevlana se celebra los lunes por la noche, y supuestamente no puede ser realizada en el interior de las mezquitas porque los instrumentos están prohibidos. Desde el año 1925 las cofradías religiosas de derviches fueron prohibidas, aunque han seguido existiendo y realizan sus rituales de una manera clandestina o bien camufladas en espectáculos como actos puramente folclóricos para turistas. Uno de los grupos más conocidos que suele realizar giras por diferentes países es el de los derviches danzantes Sheik Hamza Shakkur junto al Ensemble Al-Kindi, quienes muestran el Sema como lo que es, una ceremonia mística. El ritual o Sema, que se compone de siete partes, empieza por la recitación de un fragmento del Corán escogido aleatoriamente en función de las necesidades esotéricas determinadas por el jefe y que varía cada semana. En ocasiones se recitan algunos de los versos persas de Jalal al-Din al Rumi, aunque por lo general, no son recitados en la lectura pública, pues gran parte de los asistentes no están en condiciones de entenderlos. La expresividad del ritual es fundamentalmente serena, con un acompañamiento musical rítmico y riguroso para llevar progresivamente a la asamblea hacia el trance o la meditación, según la elección de las cofradías. La ilaha illa llah- “No hay más divinidad que Dios”-. Ésta es la frase de fervor que da inicio a la danza. Entonces los derviches, después de pedir permiso al jefe o sheik, se despojan de su capa externa negra dejando a la vista su ropa blanca. Esto simboliza librarse de todo que los conecte con el mundo material para acercarse al Universo celeste. Se sitúan en el centro del círculo y comienzan a rotar lentamente en sentido contrario al de las agujas del reloj. La música continúa hasta llegar al frenesí mientras los derviches giran cerca de 10 minutos. En su constante movimiento una mano apunta hacia el cielo y la otra a la tierra, simbolizando las bendiciones del cielo dadas a la tierra. Algunos místicos quieren ver una interpretación astral del ritual: los derviches serían los cuerpos celestes en órbita alrededor de Dios. La secuencia se repite cuatro veces. Malaya salli wa-sallim da iman abadam- “Señor, rezamos por el profeta y bendícele eternamente”-. El cambio de ritmo corresponde a una aceleración del giro, pero de forma moderada. La danza mima la concentración y la meditación sobre dios, centro de todas las cosas; mientras el derviche controla a la perfección el equilibrio. “De Dios son el Este y el Oeste y, a cualquier parte que vosotros os giréis, allí está la cara de Dios”..El ritual termina con una señal des sheik. Los derviches se detienen y vuelven a su lugar en el círculo, colocándose el mantón negro nuevamente. Se realiza una recitación del Corán seguida de una invocación a Dios efectuada por el jefe. Terminado esto, los cofrades abandonan el lugar. Es el momento de unirse en la mezquita para la oración... Los bazares En Estambul existen dos centros neurálgicos que resultan fundamentales para entender el misterioso y seductor encanto que empapa al fascinado visitante. Uno de ellos es el Gran Bazar o Kapali Carsi. Con unos doscientos mil metros cuadrados estructurados en 86 calles gremiales, contienen casi 4.000 tiendas, unos 2.000talleres dos mezquitas, baños turcos... mucho más auténtico que el Gran Bazar, auque también más reducido, es el Bazar de las Especias, también conocido como Mercado Egipcio, un lugar vivo para los habitantes de la ciudad- en él se descubre la verdadera cara de Oriente. Visitarlo es dejarse llevar a un mundo de aromas embriagadores, de raíces con milagrosas facultades medicinales y hierbas de propiedades afrodisíacas que eran consumidas por los sultanes, una mar de esencias llegadas desde todos los puntos geográficos conocidos, un mundo de perfumes que nos predispondrá al místico viaje que aún queda por delante. Topkapi y el mapa de Piri Reis Existen muchos lugares por visitar en la seductora Estambul. La orilla asiática, los años turcos, museos, la torre de Galata, la plaza Taksim, o los palacios de Dolmabahce, Beylerbeyi o el de Ciragan, entre otros muchos emplazamientos. Sin embargo, el Palacio de Topkapi merece especial atención. En él se conjugan historia, intrigas palaciegas, espectacularidad, grandes joyas y hasta Las mil y una noches con su Harén. Pero además de todo ello, es donde, allá por noviembre de 1929, fueron hallados en un cofre antiguo una serie de pergaminos que contenían unos mapas asombrosos. Se trata de los mapas trazados según consta en las inscripciones, en el año 1513 por el almirante Piri Reis Ibn Hakfi Mehemet. En ellos, aparecían cartografiados Gran Bretaña, España, África Occidental, el Océano Atlántico con Groenlandia, Labrador, Terranova, parte de Canadá y gran parte de Norteamérica, Sudamérica y la costa de la Antártida. Piri Reis aseguraba en su libro Bahriye que dibujó los mapas basándose en unos veinte planos viejos, ocho mapamundis confeccionados en la época de Alejandro, y que incluso utilizó un mapa de Cristóbal Colón para el trazado de las costas e islas del mar de las Antillas. Esto sorprendió si cabe aún más a los investigadores, y a que Alejandro Magno vivió en el siglo VI a.C. El cartógrafo norteamericano Arlington Mallery, en colaboración con su colega Walters de Instituto Hidrográfico de la Marina de los EEUU, realizaron unas investigaciones cuyas conclusiones revelaban unos resultados asombrosos: tanto los contornos de la costa americana como los de la Antártida que aparecía en los mapas de Piri Reis, correspondían con toda exactitud los actuales, realizados mediante el apoyo vía satélite que otorga la ciencia moderna. Respecto a las investigaciones realizadas por las Fuerzas Aéreas de los EEUU, sobre el mapa de la Antártida dibujado por Piri Reis, se decía lo siguiente: “Las líneas costeras tuvieron que ser cartografiadas antes de que el continente quedara cubierto por el hielo. En esa región la capa de hielo alcanza cerca de una milla de espesor (casi dos kilómetros): no tenemos la menor idea de cómo esos datos pudieron señalarse en el mapa con sólo los conocimientos geográficos de 1513”. La conclusión general de los resultados obtenidos por los especialistas que estudiaron los mapas, es que habían sido trazados basándose en fotografías aéreas. Los interrogantes están servidos. ¿Cómo era
eso posible en el siglo XVI, o si nos remontáramos a la época
de Alejandro Magno?.¿Cómo se explica que hubiera un
conocimiento tan preciso sobre la Antártida si fue descubierta
en 1818, trescientos años más tarde? Y un misterio más...¿Cómo
la Antártida aparece en los papas sin hielo sise estima que
el continente está helado desde hace más de 6.000 años?...Los
mapas de Piri Reis son un gran e incómodo enigma para la Ciencia. Artículos |