Las voces de Egipto
por Patricia Godes

La música árabe le da sopas con onda a la occidental. Modernos o clásicos, los músicos árabes poseen una riqueza de recursos técnicos y expresivos de los que no disfrutamos en este lado del paraíso. La admiración por la música árabe siempre ha sido un lugar común entre lo snobs musicales. ¿A quién le importa? En estos momentos en los que la guerra fría entre la cristiandad y el Islam se ha recrudecido y los malos de las películas son siempre árabes, hay que esforzarse aún mas por disfrutar de las buenas cosas que tienen los enemigos de nuestros gobernantes (que no nuestros). Que se lo pierdan ellos, nosotros no.

Durante la primera mitad del siglo XX, El Cairo fue una ciudad ilustrada, cosmopolita y próspera, muy receptiva a las nuevas ideas. No es de extrañar que tuviera fama por si larga tradición musical, ya que allí aparecieron numerosos artistas influyentes y admirados. La música cairota era muy culta, basada en la tradición árabe pero abierta a todo tipo de influencias; por poner un ejemplo, cuando Mohamed Al Kasabji, el acompañante de Om Kalsoun, se retiró ella no dudó en sustituir su magistral laúd por una guitarra eléctrica.

No todos los musicólogos y críticos comparten el entusiasmo del público por esta escuela de cantantes y Paul Bowles la ha descalificado de un plumazo calificándola de “kitsch egipcio” (en fin, bien está que se sepa, aunque lo cierto es que es una música preciosa y a mí, personalmente, me encantan hasta los gorgoritos operísticos de Asmahan).

Om Kalsoum: el planeta y la voz
por Santiago Alba Rico

Oum Kalsoum no era una cantante (mughaniya) sono una Mutriba, el término con el que la jerarquía musical abandona en el mundo árabe la gradación de los recursos estrictamente técnicos y de la destreza puramente humana. Mutrib es el que es capaz de emocionar, trastornar, transfigurar el oyente con su voz; el vehículo de esa fuerza impersonal y superior que los gitanos llaman “duende” y que solo puede sacarse del cuerpo con mucho trabajo, como si se sacase una muela.

En la tradición religiosa en la que se formó musicalmente Oum Kalsoum, acompañando desde niña a su padre en los mulid de los pueblos del alto Egipto, el cantante se dejaba atravesar completamente inmóvil (la mano tal vez sobre la oreja), desenredando su hilo, temeroso de interrumpir ese caudal con un ritmo o con un gesto. Ni siquiera cuando empezó a cantar las más arrebatadas canciones de amor profano, perdió Oum Kalsoum su compostura de arado; el milagro de su voz sólo podía crecer sobre una roca o un roble.

Los que la hemos visto alguna vez en esas grabaciones de los años setenta –o en las monótonas carátulas de sus cassettes- la recordamos así: firme durante horas en su ropaje talar, hierática y enorme como un mascaron de proa, con gafas a veces de camaleón y la mano aferrada al pañuelo –verde o blanco- que los incrédulos suponían impregnado de cocaína o hachís. Sobre el escenario, Oum Kalsoum era la columna de Dios, el solemne instrumento –gran piano o aparatosa arpa- a través del cual se expresaba el misterio que sobrecogía a los espectadores y arrancaba de su silencio estupefacto, algunas veces, un irreprimible “allah”, origen de nuestro más folklórico y judicial “olé”.

De Irak a Argelia he oído a Oum Kalsoum en todos los países árabes en los que he vivido o que he visitado. Mezclada en el aire como la radiactividad o el ozono. La he oído en cafés, en taxis desvencijados, en talleres y entre las tumbas. He visto a un comunista egipcio, que veinte años antes rechazaba su nasserismo, mimar Helm (sueño) con fervor místico después de leerme una cita de Mahmoud Hussein; y a un mendigo mahfuthiano del Guriya, zarrapastroso y medio subnormal, escandir la misma canción casi levitando –con la radio de fondo- mientras la actividad del callejón se detenía como por ensalmo. Soy testigo –lo juro por mis futuros libros- de que un pasaje de Alf-Leila-wa-Leila ha restañado una úlcera, una coda de Amal-hayati ha cerrado un contrato y la primera frase de Wa-marrat-al-ayam, surgiendo de pronto de entre el bullicio, ha impedido una pelea de café. Por encima de naciones, generaciones e ideologías, la voz de Oum Kalsoum sigue siendo el mínimo colosal compartido por ciento veinte millones de árabes.

En la ciudad de El Cairo, entre la catástrofe y la revolución permanente, su vez se repite más que la de los almuédanos, domina el fragor del tráfico y suaviza sin interrupción la pataleta de sus edificios. Allí la descubrí yo por primera vez; o mejor dicho, fue en ella (en su voz) donde me descubrí –súbitamente- en El Cairo, como si todos mis sentidos hubiesen estado obstruidos antes de que su Anta-‘omri me barriese el oído una tarde en un café miserable, a medio camino entre Ibn-Tulun y el Sultán Hassan, curándome de una melindrosería y un provincionalismo de años. Algún economista negará que se trate de un milagro, pero lo cierto es que Oum Kalsoum devuelve la vista a los sordos, pone a andar a los ciegos y hace soñar a los que no tienen hambre, en una demostración poco frecuente de que la música puede ser al mismo tiempo un telescopio, un territorio y un alcaloide.

Creo que uno sólo puede jactarse de conocer una ciudad o un país después de haber accedido a través del gusto a aquello que de universal hay en su comida, en sus cuerpos y en su música. Pero entonces no tiene ya uno ganas de jactarse de nada. Un ejecutivo neoyorquino puede hacerse budista y seguir despreciando a los chinos. Un intelectual parisino puede estudiar el yoga y no tener ninguna gana de sumergirse en la promiscuidad de Bombay.

No se puede, en cambio, admirar a Oum Kalsoum, sucumbir al arado de su voz, y no amar irreflexivamente –de igual a igual- a los árabes. Este es el empirismo inexcusable de toda verdadera ilustración. Es imposible disfrutar del Camarón si no se es o no se llega a ser gitano. Es imposible disfrutar de Oum Kalsoum si no se es o no se llega a ser cairota. Pero para eso está precisamente la música del Camarón; para eso está precisamente la música de Oum Kalsoum, kaudaba a-sharq, el planeta-otro, el astro de Oriente, cuya voz me eleva ahora (mientas escucho su Hadihi-leilati) a ras de tierra, donde hay sitio – y holgado- para todos los hombres.

Repóker de Ases
Texto de P.G.

Sheik Sayed Darwish (1892 – 1923). Sayed Darwish Al Bahr era de Alejandría. Expulsado de la escuela religiosa por el mal comportamiento, trabajaba como albañil y cantaba para sus compañeros. Los miembros de una compañía teatral le oyeron y se lo llevaron de gira a Siria, donde estudió música. Fue el primero que se liberó de la influencia otomana y del agobiante peso de la tradición y el primero que usó la orquesta europea. En sus canciones trataba asuntos sociales y criticaba el régimen colonial inglés y fue quién sacó la música de los palacios y mansiones para ofrecérsela al pueblo. Compuso el himno nacional. Murió por sobredosis de cocaína (según la Guía de la World Music de Penguin). No tuvo mucho éxito a causa de la competencia con las grandes voces de la época, pero sí lo obtuvieron sus operetas y obras de teatro musical. Pasado el tiempo, el aniversario de su muerte es prácticamente fiesta nacional, hay estatuas suyas por todo el país y se le conoce como “El músico del pueblo”.


Mohammed Abdel Wahab junto a Oum Kalsoum
Mohamed Abdel Wahab (1907 – 1991) Nació en el Cairo, poseía una bella voz con un registro sorprendente, tocaba el laúd y compuso casi dos mil canciones, para él y para otros cantantes, sobre todo para Oum Kalsoum. Su conocimiento tanto de la música tradicional árabe como de la música occidental le permitió introducir muchos elementos musicales típicos de Occidente e instrumentos como el acordeón, el sintetizador o el órgano, dando muestras de una versatilidad sorprendente. Tuvo mucho éxito en el cine y el teatro musical. Estivo años sin grabar y regresó en 1988 vendiendo dos millones de discos. A su entierro asistieron todos los grandes dignatarios egipcios, embajadores de los países árabes e infinidad de artistas y músicos.

Farid El Atrache (1915 – 1974). Era príncipe. Nació en Siria, pero su madre, viuda, se refugió en Egipto huyendo de las persecuciones políticas. Empezó a cantar para sobrevivir y su hijo hizo lo mismo. Es el gran maestro del laúd y cantaba con tristeza sus propias canciones. Protegido del compositor Ryad Sonbati, entró en la orquesta de la radio nacional como laúd y luego como cantante. Posteriormente, pasó a las radios comerciales y al cine. Compuso para otros cantantes. Incorporó elementos del flamenco y de la música de baile occidental. Llevó una vida disipara con escándalos y amoríos (incluyendo un romance con la esposa del depuesto rey Faruk) que llenaban las primeras planas de las revistas.

Asmahan (1918 – 1944). Amal El Atrache, hermana de Farid. Fue muy importante para la música árabe porque incorporó trinos operísticos y otros recursos del bel canto. El resultado fascinó al público árabe, que nunca había oído cantar así. Triunfó en el cine (con y sin su hermano) y en el teatro musical. Murió prematuramente a causa de un accidente, se sospecha que provocado, en la guerra secreta entre espías que se desencadenó en El Cairo durante la Segunda Guerra Mundial.

Láila Murad (1918 – 1995). Actriz y cantante cairota, nació en el seno de una familia judía del mundo del espectáculo. En 1946 se convirtió al Islam. Competidora directa do Oum Kalsoum, fue víctima de algunos rumores que la acusaban, de entre otras cosas, de estar casada en secreto con el rey o de ser espía israelí. El presidente Naser, personalmente se ocupó de que fuera exonerada pero ella, harta de todo, se retiró en los años cincuenta.

Abdel Halim Hafez (1929 – 1977) Abdel Halim Ali Ismail Shabana nació en El Halawat, a ochenta kilómetros de El Cairo. Su madre murió al dar a luz y, poco después, también falleció su padre. Sufría bilarcia, una enfermedad causada por parásitos habitual entre los jóvenes pobres que le atormentó hasta su muerte. Sensible y tierno, atraía a las multitudes por el contraste con la estereotipada virilidad del hombre árabe. Estudió en el Instituto de Música Árabe de El Cairo, como su padrino musical, Abdel Wahab. Cuando éste decidió concentrarse en la composición, fue él quien estrenó sus nuevas canciones. En los años cincuenta y sesenta, cantó a los poetas contemporáneos y su preferencia por las letras sencillas, casi coloquiales, tuvo una profunda influencia en la música árabe.

Artículo publicado en el número 7 de la revista LDNM (La Dinamo) "Éste artículo es de difusión libre, se puede reproducir siempre que se cite la fuente , no se reproduzca con ánimo de lucro , no se altere su contenido y se mantenga esta nota"

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